La vorágine de los comienzos
Cap. 9 - Presentaciones.
A malas penas podía recordar lo que había ocurrido después de que Valtiriam me sugiriera dicho trato. A pesar del dolor tan fuerte de cabeza que me impedía abrir los ojos, sabía con certeza dónde estaba. Seguía en mi celda atado a la pared, pero ahora además de mis brazos mis pies estaban también se encontraban atados a la pared. Parecía como si intentaran inmovilizarme lo máximo posible.
-Al fin despiertas. Siento lo de los grilletes en los pies, pero me era imposible tratarte la fiebre si te permitía moverte tanto – dijo una voz un tanto femenina. En cierta medida me recordaba a la forma de hablar de Valtiriam. No obstante, había algo de humildad en sus palabras. Intenté abrir los ojos poco a poco y con cautela cuando pude ver a mi acompañante. Vestida con una túnica negra, la capucha que llevaba le tapaba el rostro. A pesar de ello podía verle las manos y los pies desnudos como si no le importase lo que tocaba o pisara. Era extraño ese descuido por su parte conociendo la de extrañas cosas merodeadoras de este castillo.
-No sé quién eres... Pero gracias- le dije casi jadeando.
-¿Gracias? ¿Por qué?
-Se nota que has estado tiempo cuidando de mí. Tengo restos de comida por la cara como si me hubieras estado alimentando, además de esos trapos húmedos que, como bien dijiste antes, pudiste haber usado para bajarme la fiebre. De nuevo, gracias...
-Ya te dije el otro día que no eras mi prisionero, sino mi invitado y como tal mereces unos cuidados, aunque sean pocos – interrumpió Valtiriam antes de que pudiera seguir hablando.
-Estupendo me he vuelto loco... Te oigo y no te veo – dije al observar que no se encontraba ni en la celda ni en el pasillo de la mazmorra.
-Lo siento, olvidé mencionártelo. No necesito estar presente cuando hay algo de mi pertenencia cerca para ver, oír, oler o sentir a través de ello. Y claro está siendo este mi castillo, lo veo y escucho todo. Para que lo entiendas mejor, mientras tú estás en esa maloliente celda yo estoy en mis aposentos tan cómodamente descansando de mi travesía de hoy a La Paloma. Por cierto, recuerdos de tu querido rey.
-Otro día te aguantaría, pero hoy si no te importa tengo cosas mejores que hacer además de escucharte como por ejemplo intentar recordar algo – le respondí al señor de las sombras ante su tono burlesco. Al momento de hacerlo unas manos sombrías aparecieron desde la pared de mi espalda, tapándome la boca obligándome a escuchar a su maestro sin interrumpirlo.
-Es útil actuar por medio de todas tus pertenencias, ¿no crees? Así que no recuerdas nada... Interesante, muy interesante. Quizás Laticus se pueda encargar de eso, pero de momento voy a ponerte al día. ¿Recuerdas al menos que aceptaste mi trato sin rechistar?
-Sí, sólo recuerdo aceptarlo. Aunque... – las manos volvieron a taparme la boca impidiéndome seguir hablando.
-Sí sí todo eso está muy bien. Disculpa tanta rudeza hoy al impedirte hablar libremente, mas otros menesteres requieren de mi tiempo y vamos algo justos. Puesto que recuerdas haber aceptado, hagamos las presentaciones. A Laticus ya lo conociste de vista el otro día y más adelante tendrás tiempo de sobra para aburrirte de él. Y justo delante de ti esta doncella es Dana.
-Iba a presentarme yo misma antes de que nos interrumpieras antes. Prosigue por favor ya que lo has decidido así – dijo la muchacha de la toga. Al menos ahora para la mujer de mi gratitud ya tenía un nombre que recordar.
-Sabes que vamos con prisa así que mis interrupciones son pocas. Hechas las presentaciones, Dana y Laticus serán tus entrenadores.
-¿Cómo?
-Así es. El joven rey ya te entrenó en estrategia militar y en el combate. Ahora falta pulir tus artes oscuras y claro está de eso sólo se pueden ocupar ellos dos. Dana te adiestrará potenciando tus habilidades y resistencias a la oscuridad mientras que Laticus se encargará por decir así de la parte sucia. Por si no terminas de entender todo esto, bastará con observar tu mano izquierda.
Al hacerlo vi mi mano derecha tornada en una tonalidad oscura de la cual emanaba un aura morada. Se extendía desde la yema de mis dedos hasta la mitad de mi brazo como si de una quemadura se tratara. Fue entonces cuando recordé lo que había ocurrido aquél fatídico día.