Columnas Semanales

La vorágine de los comienzos

Cap. 12 - Ni amigo ni aliado.

-Suponiendo que Valtiriam tenga razón, deberíamos preocuparnos por esa Orden del Silencio – dijo el rey del oeste ante el silencio tan repentino tras la ida de los inesperados invitados. – Nuestro principal objetivo ahora mismo debería ser investigar el paradero de dicha secta y saber sus planes.

   -Y los ejércitos de los que se proveen – interrumpió el rey del sur.

   -Si son un grupo de magos dudo mucho de que dispongan de un ejército militar y más cuando intentan pasar desapercibidos – añadió el rey del norte muy astutamente por su parte.

   -Será un grupo de magos, pero con más motivo debemos preocuparnos si precisamente careciendo de ejército han logrado ganarse la fama que tienen – dije yo intentando hacer entrar en razón a los demás reyes.

   -Sea como sea, si no sabemos donde están no sabemos de dónde nos llegará el ataque y no podemos planear una estrategia ni defensiva ni ofensiva – respondió el rey del oeste. Es verdad lo que decía siempre padre sobre dicho rey; siempre se ceñía a una idea y no había manera humana de hacerle pensar en otra cosa.

   -Si se llevan por el mismo patrón que la original Orden del Silencio, debemos suponer que su base no está en ninguno de nuestros reinos. Sin embargo, si deben querer atacarnos deberán tener algún medio para llegar hasta nosotros o alguna pequeña base para espiarnos.

   -En eso te doy la razón – Era muy común que el rey del este y yo coincidiéramos en ideas. A decir verdad nos hemos llevado estupendamente desde siempre y aún no ha habido día en el que hayamos tenido un cruce de ideas.

   -Entonces pienso que lo mejor sería regresarnos a nuestros respectivos reinos a organizarnos para una posible invasión en cualquier momento mientras destinamos gente a investigar por si encuentran el medio que piensan usar para atacarnos. ¿Les parece bien? – asentimos todos ante su idea.

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Columnas semanales - La vorágine de los comienzos

Como cada miércoles, Skull nos escribió para mandarnos un nuevo capítulo de su estupendo relato. Pero no fue un correo normal. Y es que ayer fue su cumpleaños... ¡¡Muchas felicidades!!

Para celebrarlo, nuestro amigo Skull nos ha enviado esta semana ración doble de "La vorágine de los comienzos" para agradecernos a todos la tan buena acogida que ha tenido su relato y lo mucho que ha disfrutado él escribiéndola y nosotros leyéndola. ¡Muchísimas gracias literato!

Agradeciéndole de nuevo este regalo por su cumpleaños y por sus páginas de aventuras semanales; y sin olvidarnos de volverle a felicitar por su cumpleaños, hoy disfrutaremos del capítulo 11 y mañana del 12. :D

La vorágine de los comienzos

Cap. 11 - Maldad en los corazones.

-Hechas las presentaciones, me despido. Hablaremos muy pronto, pero mientras tanto tienes a Dana custodiándote por lo que necesites. Y por favor, trátala tan bien o incluso mejor de lo que ella te ha estado cuidando este tiempo – al tiempo de terminar de hablar Valtiriam, dos esbirros suyos aparecieron en sendos lados de la puerta de mi prisión, quizás para evitar las tentativas ideas de escapar.

   -No te preocupes, no han venido para vigilarte. Más bien, me vigilan a mi – dijo Dana al verme observar a los esbirros.

   -¿A ti? ¿Por qué?

   -A pesar de ser aliada de Valtiriam y no sirviente como pudiera parecer, Laticus no se fía tanto de mí y siempre tiene alguien ocupado en observar cada uno de mis movimientos. Eso lo sabe el señor de las sombras y por eso aunque no te hayas dado cuenta, ha preparado esta celda antes de tu llegada no permitiéndoles a los de su calaña entrar aquí.

   -Entiendo... Lo que no termino de entender es por qué una persona tan favorecida por el amo del castillo va por ahí con unos trapos andrajosos y descalza.

   -¿Esto? No te preocupes, no es mi vestimenta usual. Si lo llevo puesto es por mera comodidad. Al igual que tú, yo no he salido de esta celda desde tu llegada y claro está no voy a permitirle a mi armadura deteriorarse fuera del campo de batalla. Si bien lo de ir descalza es más una costumbre de infancia.

   -Si me permites la pregunta, ¿por qué vas con el rostro tapado? Lo entendería si te escondes de alguien, mas en el castillo creo que ya eres una más.

   -En realidad la respuesta es simple; no es relevante ahora mismo llevar mi rostro al descubierto o no. A decir verdad casi siempre voy así, con o sin armadura. Dime una cosa, ¿cómo tienes el brazo? – me preguntó al tiempo que se me acercaba y lo agarraba como si estuviera preocupada por él.

   -Creo que bien, aunque no puedo mover los dedos aún...

   -Eso es normal al principio. No tenemos mucho tiempo así pues vamos a empezar el entrenamiento desde ya.

   -¿Entrenamiento? Por si no te has dado cuenta estoy encadenado a esta pared, sin armadura ni arma para defenderme.

   -Valtiriam tenía razón. Aún piensas con los conceptos enseñados por tu rey, pero tranquilo para entrenar no necesitamos movernos de aquí ni necesitamos ningún material – según me iba hablando se acercaba más y más. Al poco de caminar, extendió su mano apoyando sus dedos en mi frente y dijo: - Tan solo necesitamos entrar en tu mente.

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La vorágine de los comienzos

Cap. 10 - Mil cadenas, mismo destino.

-Escucha bien, si aceptas mi oferta los liberaré y doy mi palabra de que nunca más mis fuerzas los atacarán. ¿Aceptas?

   ¿Qué debía hacer? ¿Debía aceptar su trato, a sabiendas de que no lo cumpliría? Pero si le obedezco quizás libere a mis padres... A fin de cuenta es Valtiriam, nunca ha incumplido una promesa... ¿Qué opciones me quedan?

   -Muchacho no tengo todo el día. Entiendo que es una decisión difícil y todo eso...

   -Acepto... – le interrumpí antes de terminar de creerme la decisión que acababa de tomar.

   -Vaya. ¿Sin apenas titubear? No esperaba menos de ti, mi pequeño libro en blanco. Cumpliré mi parte del trato, en cuanto me hayas demostrado tu lealtad hacia mi persona. Antes de irme, ¿no crees que sería lógico hacer como cualquier otro trato y firmar este con un buen apretón de manos? – terminó diciendo al mismo tiempo de extender su mano izquierda. Entendiéndolo como un gesto de pacto por así decir, extendí mi mano derecha en respuesta a su petición. No obstante, el señor de las sombras siempre juega a dos intenciones y nunca es posible prever sus movimientos. Como era lógico, esta vez no iba a ser menos. Al momento de extender mi mano se abalanzó hacia mí agarrando mi brazo con su mano izquierda. No pudiendo ver los gestos que realizaba con su otra mano debido a la velocidad en la cual los realizaba, la luz de la habitación se fue atenuando hasta el punto en donde sólo podía vernos a nosotros dos.

   -Igual que la carne envuelve a tus huesos, tu alma quedará encadenada a mi voluntad. Tus pensamientos serán derivaciones de los míos; tus pulmones se colapsarán con los vestigios del aire que expulsan los míos – susurraba Valtiriam justo delante de mí con una voz igual a la descrita por el rey en su visita al castillo. Sus palabras no paraban de repetirse en mi cabeza como si intentaran incrustarse en las paredes de mi mente para permanecer ahí hasta el fin de los días. De pronto dejó de realizar gestos con la mano derecha y atravesó mi pecho con ella. En ese instante empecé a sentir un dolor desgarrador en mi interior como si estuvieran sacando una espada de mil puntas desde mi pecho. No obstante, en lugar de una espada Valtiriam sacó una especie de cadena fantasmal del mismo color al alma espectral vagabunda de su armadura y la enrolló a mi otro brazo atándonos a ambos por susodichos brazos. Poco a poco fueron apareciendo más y más cadenas en torno a su brazo las cuales se extendían en diversas direcciones opuestas a él.

   -¿Ves esto? Cada una de estas cadenas me vincula a las almas de miles y miles de personas y criaturas inconcebibles por tu imaginación. ¿Comprendes la situación? Acéptalo. El caos del destino de la humanidad está encadenado a mi deseo, a mi plan, y tú formarás parte de él. Se bienvenido a mi objetivo como mi arma de guerra y no como un soldado. Pronto me serás de utilidad. Pronto lo entenderás todo...

   La cadena de mi pecho empezó a diluirse fundiéndose con mi brazo, marcándolo igual que marcaban los comerciantes a sus animales para distinguirlos en el mercado de las propiedades de otro mercante, aunque en este caso la marca garantizaba una esclavitud plena. La piel adquirió el color de la cadena en su totalidad como recuerdo de mi cometido durante los restantes años de mi vida, si llegaba a encontrar la paz eterna tras la muerte. Según iba recuperando luminosidad la celda, mis ojos se iban cerrando poco a poco. Tardé en quedar inconsciente lo suficiente como para percatarme de las nuevas entidades en mi prisión. Tras Valtiriam estaba su fiel nigromante Laticus y algún que otro siervo incorpóreo suyo. Para mi sorpresa, pude ver tras los barrotes a una persona encapuchada y vestida con una túnica negra, sosteniendo unos trapos y un cubo con agua. Mi mente y mis pensamientos fueron apagándose poco a poco...

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La vorágine de los comienzos

Cap. 9 - Presentaciones.

A malas penas podía recordar lo que había ocurrido después de que Valtiriam me sugiriera dicho trato. A pesar del dolor tan fuerte de cabeza que me impedía abrir los ojos, sabía con certeza dónde estaba. Seguía en mi celda atado a la pared, pero ahora además de mis brazos mis pies estaban también se encontraban atados a la pared. Parecía como si intentaran inmovilizarme lo máximo posible.

   -Al fin despiertas. Siento lo de los grilletes en los pies, pero me era imposible tratarte la fiebre si te permitía moverte tanto – dijo una voz un tanto femenina. En cierta medida me recordaba a la forma de hablar de Valtiriam. No obstante, había algo de humildad en sus palabras. Intenté abrir los ojos poco a poco y con cautela cuando pude ver a mi acompañante. Vestida con una túnica negra, la capucha que llevaba le tapaba el rostro. A pesar de ello podía verle las manos y los pies desnudos como si no le importase lo que tocaba o pisara. Era extraño ese descuido por su parte conociendo la de extrañas cosas merodeadoras de este castillo.

   -No sé quién eres... Pero gracias- le dije casi jadeando.

   -¿Gracias? ¿Por qué?

   -Se nota que has estado tiempo cuidando de mí. Tengo restos de comida por la cara como si me hubieras estado alimentando, además de esos trapos húmedos que, como bien dijiste antes, pudiste haber usado para bajarme la fiebre. De nuevo, gracias...

   -Ya te dije el otro día que no eras mi prisionero, sino mi invitado y como tal mereces unos cuidados, aunque sean pocos – interrumpió Valtiriam antes de que pudiera seguir hablando.

   -Estupendo me he vuelto loco... Te oigo y no te veo – dije al observar que no se encontraba ni en la celda ni en el pasillo de la mazmorra.

   -Lo siento, olvidé mencionártelo. No necesito estar presente cuando hay algo de mi pertenencia cerca para ver, oír, oler o sentir a través de ello. Y claro está siendo este mi castillo, lo veo y escucho todo. Para que lo entiendas mejor, mientras tú estás en esa maloliente celda yo estoy en mis aposentos tan cómodamente descansando de mi travesía de hoy a La Paloma. Por cierto, recuerdos de tu querido rey.

   -Otro día te aguantaría, pero hoy si no te importa tengo cosas mejores que hacer además de escucharte como por ejemplo intentar recordar algo – le respondí al señor de las sombras ante su tono burlesco. Al momento de hacerlo unas manos sombrías aparecieron desde la pared de mi espalda, tapándome la boca obligándome a escuchar a su maestro sin interrumpirlo.

   -Es útil actuar por medio de todas tus pertenencias, ¿no crees? Así que no recuerdas nada... Interesante, muy interesante. Quizás Laticus se pueda encargar de eso, pero de momento voy a ponerte al día. ¿Recuerdas al menos que aceptaste mi trato sin rechistar?

   -Sí, sólo recuerdo aceptarlo. Aunque... – las manos volvieron a taparme la boca impidiéndome seguir hablando.

   -Sí sí todo eso está muy bien. Disculpa tanta rudeza hoy al impedirte hablar libremente, mas otros menesteres requieren de mi tiempo y vamos algo justos. Puesto que recuerdas haber aceptado, hagamos las presentaciones. A Laticus ya lo conociste de vista el otro día y más adelante tendrás tiempo de sobra para aburrirte de él. Y justo delante de ti esta doncella es Dana.

   -Iba a presentarme yo misma antes de que nos interrumpieras antes. Prosigue por favor ya que lo has decidido así – dijo la muchacha de la toga. Al menos ahora para la mujer de mi gratitud ya tenía un nombre que recordar.

   -Sabes que vamos con prisa así que mis interrupciones son pocas. Hechas las presentaciones, Dana y Laticus serán tus entrenadores.

   -¿Cómo?

   -Así es. El joven rey ya te entrenó en estrategia militar y en el combate. Ahora falta pulir tus artes oscuras y claro está de eso sólo se pueden ocupar ellos dos. Dana te adiestrará potenciando tus habilidades y resistencias a la oscuridad mientras que Laticus se encargará por decir así de la parte sucia. Por si no terminas de entender todo esto, bastará con observar tu mano izquierda.

   Al hacerlo vi mi mano derecha tornada en una tonalidad oscura de la cual emanaba un aura morada. Se extendía desde la yema de mis dedos hasta la mitad de mi brazo como si de una quemadura se tratara. Fue entonces cuando recordé lo que había ocurrido aquél fatídico día.

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La vorágine de los comienzos

Cap. 8 - La Orden del Silencio.

Con un ligero gesto de su putrefacta muñeca, Laticus hizo aparecer dos sillas más entorno a la mesa de aspecto muy similar al trono que vi hace ya mucho tiempo en mi habitación. Los dos nuevos invitados inesperados se sentaron con nosotros, como si también hubieran sido llamados. Siempre manteniendo esas buenas costumbres de rey, Valtiriam se sentó junto a su sirviente, ambos entorno mía. A veces me preguntó a qué se debe tanta confianza hacia mi persona.

   -¿Qué haces tú aquí? – gritó el rey del oeste antes de que los invitados tuvieran tiempo de sentarse cómodamente. - ¡Guardias, apresadlos!

   Lamentable fue el espectáculo precedente a esa orden. Parejas de soldados los cuales custodiaban las cuatro entradas se apresuraron a arrestarlos, cuando Laticus susurrando unas palabras muy difícilmente entendibles detuvo a los guardias en seco. De sus orificios ya fueran boca u oídos emanaba el agua de sus cuerpos hasta envolverlos y, finalmente, congelándolos en firmes bloques de hielo. Por muchas veces que viera los poderes de ellos dos, no había momento que no me sorprendieran.

   -Suponía la caracterización de este edificio por la ausencia de violencia bajo este sagrado techo – dijo Valtiriam en respuesta de la orden dada.

   -¡Eso no es aplicable para un monstruo de tu calaña! – Respondió el rey del oeste quien por momentos iba entrando en una histeria de impotencia ante él.

   -Aunque no termina de agradarme la idea, Valtiriam tiene razón. Sea quien sea, prometimos no entrar en conflicto con nadie en terreno de La Paloma – dijo el rey del este, muy sabiamente por su parte.

   -Además mis intenciones hoy aquí no son de acabar con ustedes. Si hubiera querido lo hubiera hecho mucho antes, por ejemplo cuando tú, rey del norte, firmabas treguas con las hordas bárbaras de la frontera para acabar con tu no tan buen amigo, rey del oeste – dijo Valtiriam, no sé muy bien si a modo de sembrar las bases de una cizaña para el futuro o para buscarse un lugar más en la sala. – Si bien, hoy he venido para hablarles de algo que nos ataña a todos en la sala, incluido a mí. He venido a hablarles... de la Orden del Silencio.

   -¿La Orden del Silencio? ¿No se supone que se habían disuelto hace décadas? – dije yo al no terminar de entender la situación.

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Columnas semanales - La vorágine de los comienzos

La vorágine de los comienzos

Cap. 7 - La paloma.

Hacía ya un mes desde que vi partir al joven guerrero desde la ventana de mi habitación aquella noche. Muy a mi pesar, aún no he logrado saber nada de los soldados que mandé en su búsqueda. Probablemente los esbirros de Valtiriam los tendrían capturados, queriendo pensar lo mejor para ellos... A día de hoy me sigo arrepintiendo de no haber ido yo mismo en su búsqueda.

   Cierto es que desde aquél día no se ha vuelto a ver ni a Valtiriam ni a sus esbirros merodear por los alrededores. Seguramente al ya tener lo que quería, no le hacía falta aterrorizar más la región. No obstante,  ¿para qué necesitaba al joven? ¿Qué función tendría en su maquiavélico plan? Y lo que me preocupaba más, ¿habrá sobrevivido al duelo al que quería retarle el señor de las sombras?

   Recién despierto en un nuevo día que prometía ser similar a los anteriores, irrumpió uno de mis soldados en mi habitación vociferando cosas sin sentido.

   -¡Mi señor deprisa! ¡Tiene que ver esto! – grito el soldado casi sin aliento, como si hubiera recorrido todo el castillo cual alma que lleva el diablo.

   -Cálmate que te va a dar algo. ¿Ver el qué? – le pregunté intrigado.

   -Disculpad mi insistencia majestad, pero al verlo con sus propios ojos lo entenderá.

   Sin tiempo de arreglarme, lo seguí por los pasillos de mi castillo hasta llegar al patio donde la imagen que presenciaba atormentaba mi mente.

   -Mucho había tardado en reaccionar...

   -Mi señor, ¿qué significa? – preguntó uno de mis criados aterrorizado tanto o más como yo.

   -¿Significar? Significa que necesito que des orden de prepararme un caballo y mis atuendos al mismo tiempo de mandar cuatro mensajeros a mis otros compañeros de la comarca. He de partir inmediatamente y reunirme con ellos en La Paloma. ¡Deprisa!

   -Sí señor, enseguida – respondió mi sirviente sin apenas entender el acontecimiento reciente.

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Columnas semanales - La vorágine de los comienzos

Bienvenidos y bienhallados a un nuevo artículo de la columna de Wowsfera sobre el combate JcJ final, las Arenas. Para este artículo tengo preparado un tema del que muchos disfrutamos y muchos sufrimos. El Control de masas o CC, tal y como se le conoce de su nombre en inglés, Crowd Control.

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¿Qué es el control de masas?

El control de masas es un conjunto de habilidades (como la polimorfia, el miedo, etc.) que, como su nombre indica, impide el control de un personaje durante un cierto tiempo.

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Columnas semanales - Sangre y Arena

La vorágine de los comienzos

Cap. 6 - De prisionero a invitado.

Rara era la ocasión donde teníamos un visitante en el castillo. De hecho, era la primera vez que alguien venía en buen estado. Todos estaban nerviosos pues la compañía de nuestro amigo sólo despertaba su sed de sangre y sus ganas de devorarlo, mas sabían que el mero intento de ello significaría su muerte inmediata.

   -¿Seguro que es lo correcto? – dijo mi sirviente directo, Laticus, con esa voz tan leal al mismo tiempo que atenta, buscando siempre los mejores consejos que otorgarme.

   -Sí, es lo mejor de momento. El rey llevó a cabo su cometido y, a pesar de tener el tiempo en nuestra contra, si me dedico en persona esta vez todo saldrá bien.

   -Recordad que los orbes aún no han sido reparados y por lo tanto puede que no tengamos ninguna oportunidad de intentar arreglarlo como ya hicisteis antes. Además los lacayos y esbirros se incomodan de tener comida en sus narices y no poder ni mirarla.

   -Lo sé lo sé. Sé perfectamente que estamos contra las cuerdas. Sólo, ten paciencia. ¿Cuándo me has visto fallar a mí?

   -De acuerdo, Valtiriam. Se cumplirá tu voluntad. Marcho si me disculpas en busca de nuevos reclutas para cuando llegue el momento.

   -¿Cuántos somos por ahora?

   -Un millar si contamos con los que aún duermen  en las proximidades, señor. Sin embargo, nunca muchos serán suficientes.

   -Cierto es que cuantos más reúnas más cercioraremos nuestra victoria.  Ve entonces y profana en mi nombre.

   -Así se hará.

   Muy comúnmente solíamos conversar a solas a fin de aclarar nuestros planes. ¿Quién era Laticus? No fue más que el mejor compañero y sirviente que jamás yo haya tenido. Lo conocí cuando aún yo era joven y seguía con vida en un bosque como un simple mago más. Si bien, tras años de su compañía nos llegamos a hacer grandes amigos con la esperanza de cumplir nuestras metas cuando tan indeseable día, mientras yo me encontraba en la lejanía fue asesinado por una banda de desalmados a traición. Tras acabar con ellos, me dispuse a hacer un conjuro que él mismo me había enseñado, pero nunca lo había puesto en práctica. Con el poder rebosante e omnipotente que me sustentaba en aquél entonces, decidí devolverle la vida al suyo cuerpo. Quién iba a pensar que ese poder profanador no lo renacería como humano, sino como un no muerto al principio y a muy pesar mío. Ver como alguien tan poderoso como él, pues no conozco a nadie superior en conocimiento  que no pertenezca a la Orden del Silencio, volviera a la vida sin atisbo de inteligencia. Por suerte, al instante de renacer, su cuerpo pútrido explotó dando en su lugar un cuerpo muy similar al que tenía en vida, pero un poco por no decir bastante carcomido como si la vida de ultratumba no le hubiera permitido recuperar su cuerpo en totalidad. Conservando y amplificando sus poderes en las artes oscuras, ambos hemos permanecido juntos durante siglos intentando llegar a la Vorágine de los comienzos. Ahora que el  chico está en mi poder llegará al fin el día con el que tanto hemos soñado.

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Columnas semanales - La vorágine de los comienzos

Buenas a todos y bienvenidos de nuevo a la columna de Wowsfera sobre el combate JcJ de Arenas. A lo largo de estos días estuve pensando al respecto de las modas. Hace un par de artículos estuvimos hablando sobre las composiciones y cómo históricamente han existido "modas" o "tendencias" en los equipos de Arena. Esto se debe al estado de los personajes, dado que el trabajo de Blizzard a la hora de nivelar los mismos no es perfecto, por lo que al final siempre hay algún personaje que tiene una ligera ventaja por encima de otros.

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A lo largo de la temporada anterior pudimos ver muchos magos escarcha, ya que su mejora en el control de masas con los congelar básicamente en Cataclismo se ha notado más que las mejoras de otros personajes. Asimismo, al principio de la expansión los guerreros realizaban mucho más daño del que los curadores podían manejar. Al final de la temporada, con el equipo épico de conquista, la mejoría de los pícaros se notó bastante.

Tras el salto revisamos los distintos brackets.

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